La Magia del Contexto


Desde que supe que iba a ser Papá, decidí que le dejaría a mi hij@ toda la información posible para que cuando le llegara el momento de preguntarse “de dónde vengo?”, pues tuviera las respuestas a la mano, sin que dependieran de que alguien, como yo, se las dijera. Esta decisión estuvo basada en mi experiencia personal, ya que las circunstancias de la vida no me permitieron llegar al momento de poder sentarme con mis padres y preguntarles todo sobre todo.

Como elemento interesante, me dejaron muchos recuerdos, la mayoría en fotografías, de distintos momentos que vivimos, pero nuevamente, más allá de disfrutar las mismas, siempre me surgen preguntas, y es cuando extraño el contexto en el que están envueltas cada una de esas imágenes.

Desde que tuve oportunidad me dediqué a documentar todo cuanto hago, de manera que cuento con muchas miles de fotos, pero el punto es que sólo yo recuerdo la razón por las cuales las tomé. Aprovechando la pasión por escribir que afortunadamente heredé, desde meses antes de que naciera mi hija comencé a escribirle acerca de todo el proceso por el cual pasábamos todos a su alrededor. En aquellos días comencé con un cuaderno, que hoy en día se ha convertido en un libro en formato digital, lo que me permite aprovechar de agregarle todos los documentos multimedia que tengo, y en el proceso de actualizarlo, se me acumulan mas cosas en la cabeza de las que puedo capturar con la velocidad de mis manos, y caigo en cuenta de lo relevante que es el contexto en todo lo que hacemos.

En medio de esos pensamientos, escucho la canción de Cat Stevens Father and Son, y recuerdo cómo hace unos 30 años la escuchaba y me imaginaba a mi papá hablando conmigo, y ahora me tengo que preparar para, en algún momento, dar respuestas a mi hija, quizás aprovechando las lecciones de la canción. Definitivamente el contexto tiene un impacto, una magia que puede cambiarlo todo, y está en nosotros buscar la manera de sacarle el mejor provecho.

La Lucha con la Inspiración


Quizás sólo me sucede a mi. Quizás es que trato de hacer algo que no me corresponde, pero siento en lo profundo ese llamado que me empuja a arriesgarme. No resulta fácil coordinar todo lo que se agolpa en mi cabeza. Leo, leo mucho con lo cual lleno ese espacio infinito, y se me ocurren ideas. De allí a concretarlas requiero pasar por este proceso de organizar lo que pienso, con lo que quiero compartir, el efecto que quiero crear, y lo que más se hace presente es la espera… Espera por el momento correcto, por la palabra perfecta, por el párrafo perfecto, por la combinación perfecta… Pero eso no es más que ilusión.

Aquí estoy apostando que al escribir lograré que surja la inspiración. Ese anhelo esquivo que no avisa su llegada sino prácticamente cuando se está retirando. Y lucho, lucho por retenerla, por atraparla entre la combinación de letras que generan mis dedos guiados por ese “algo” que no conozco, pero que reconozco cuando se hace presente.

El Miedo Necesario


Photo by Aarón Blanco Tejedor on Unsplash

No habían pasado más de 3 meses de haber comenzado en un nuevo trabajo. Una responsabilidad en un negocio totalmente desconocido para mi, donde mi experiencia era la base por la que me habían dado la oportunidad. Nos convocan a un evento de planificación estratégica donde están personas con muchos años de experiencia y, por supuesto, conocimiento del negocio. El conocimiento técnico era el que más me preocupaba, ya que representa el mayor espacio de oportunidad para mi. Trabajamos en las estrategias, siento que tengo ideas para aportar, sin embargo, me da un miedo enorme atreverme a compartirlo, pensando en que cualquiera podría callarme con tan solo indicar que no se nada de lo técnico. Desde hacía mucho tiempo no me sentía tan vulnerable, por lo que decidí mantener un muy bajo perfil. Pero al final llegó el momento en que se pidieron voluntarios para presentar a todo el grupo su plan de acción con respecto a las estrategias definidas en los dos días reunión. Levanta la mano el primero, luego el segundo, y dicen que darán oportunidad sólo a dos más. Miro a mi alrededor, y pienso que estoy loco si decido salir al ruedo, pero justo a tiempo me presento como voluntario y me llega mi oportunidad.

Me paro frente a todo el tren Gerencial y Directivo de la organización. Deben haber al menos 400 años de experiencia acumulada si sumo la de cada uno de los presentes, y ahí estoy yo, dispuesto a compartir mi visión de cómo hacer efectivos los resultados requeridos. Quizás como se siente un toro en medio de la plaza donde lo lidiarán, así me siento yo. Me dan el micrófono y siento que no voy a tener la fuerza para sostenerlo, y cuando comienzo, siento que la voz no me sale, así como que todas las miradas son escrutadoras, agresivas, juzgadoras, pero en la medida en la que voy compartiendo mis propuestas y compromisos siento que se suavizan. No son mas de 5 minutos que parecen siglos, pero finalizo, y mientras regreso a mi puesto en medio de los aplausos me pregunto si se habrá notado mi voz temblorosa, y si pensarían que simplemente no soy la persona correcta para el cargo.

Desde muy pequeño vi como mis padres, ambos Profesores Universitarios, impartían sus clases, daban seminarios y hacían presentaciones frente a públicos de distintos tamaños; los acompañé en eventos ante expertos y fuí testigo de su seguridad al dar las respuestas en función de su preparación. Siempre fuí introvertido pero con el ejemplo y la práctica desarrollé la habilidad, de manera que cuando llegué a la Universidad terminé participando en la actividad política, por lo que era normal enfrentar auditorios llenos de estudiantes alterados a quienes les daba discursos; discusiones basadas en hechos como representante estudiantil en el Consejo Universitario, el máximo organismo de decisión en la Institución; y hasta enfrentando a las fuerzas de seguridad pública en medio de alguna manifestación. Pero a pesar de toda esa experiencia, en ésta última oportunidad sentía que era la primera.

Al final llegué a la conclusión de que lo que me afectó fué sentirme tan vulnerable. En todas las oportunidades anteriores me sentía preparado para dar respuesta a cualquier comentario que me hicieran. Consideraba que había muy poca probabilidad de que me plantearan algo que no pudiera atender, y si llegara a suceder, podría manejarlo sin problema, a diferencia de ésta última vez en la que era plenamente consciente de que sólo contaba con mi experiencia para trabajar con el resto del equipo, pero en caso de que se me planteara cualquier detalle técnico, estaría en serios problemas. Sin embargo, ese mismo hecho es el que me impulsó a presentarme frente a todos, y el que me mantiene preparándome para cerrar esa brecha, lo cual he ido haciendo sin prisa pero sin pausa.

Hace algunos días tuve la oportunidad de comentarle ésto a uno de los Directores que estuvo presente en el evento, quien me dijo que no podía creer lo que le decía ya que no se me había notado nada. Y el fin de año dejó unos resultados que superaron los que nos planteamos en aquel momento. Esto me llevó a concluir que no hay que tenerle miedo al miedo, y que por el contrario sentirlo, al menos en este tipo de casos, nos mueve a enfrentar lo que sabemos es una debilidad que tenemos, lo cual nos fortalece.

El miedo termina siendo la emoción que nos indica que nos estamos saliendo de nuestra área confort, y su duración dependerá de la decisión que tomemos al respecto. La constancia se hace imprescindible para desarrollar el proceso que nos hará no solo salir de las situaciones particulares que enfrentamos, sino estar conscientes de nuestra capacidad para eventos futuros.

15/20/50


Photo by Adi Goldstein on Unsplash

El 2019 fué un tremendo año, que me permitió lograr cosas que ni siquiera pasaron por mi mente, con lo cual la expectativa por el 2020 es muy grande. Como hago desde hace algunos años, aprovecho el final de uno para ver en perspectiva lo que fué bueno, las oportunidades de mejora, y así generar el plan para el año siguiente, y en el caso del paso del 2019 al 2020 resaltaron algunos hitos importantes que estaré celebrando.

El 22 de Diciembre de 2005 publiqué mi primer post en éste blog. Lo pensé mucho, ya que representaba exponerme públicamente, lo cual afectaría mi vulnerabilidad. A pesar de las dudas, emprendí éste viaje que cumplirá 15 años, en los cuales he tenido más cosas por las cuales celebrar en comparación con las no tan agradables. Este que publico hoy es el post 377, lo cual representaría como 377 horas dedicadas a generar todo ese contenido, lo cual serían apenas unos 48 días… Si aplicara la regla que para ser un experto se requieren unas 10 mil horas de dedicación, pues el camino es aún largo, pero si algo me hace sentir orgulloso es la constancia que he tenido en éste proceso. Un proceso que sin lugar a dudas es liberador, y me ha sido de infinita utilidad en muchos momentos de mi vida. Recientemente encontré esta joya que ahora comparto:

“Better to write for yourself and have no public, than to write for the public and have no self”

Cyril Connolly. New Statesman, February 25, 1933

En Julio de éste año cumpliré 20 años de casado. Si tomo en cuenta el tiempo que fuimos novios, son poco más de 25 años juntos. No hay manera de describir el orgullo de éste logro, así como el agradecimiento por tener la oportunidad de compartir tanto con mi esposa. Cuando uno decide casarse está advertido de que es “hasta que la muerte los separe”, y es la muerte algo tan lejano que uno ni siquiera se preocupa por lo que algún día, sin lugar a dudas, sucederá; sin embargo, luego de tantos años compartiendo todo, al menos en mi caso se hace presente esa preocupación no por la llegada de la muerte, sino por la separación que eso representa. Sé que serán muchísimos años más, y que lo mejor aún está por llegar. Hemos compartido muchas etapas, y están llegando las que quizás sean las mejores, pero de cualquier manera, no tengo más que agradecimiento con ella y con la vida.

Y en éste 2020 cumplo mis 50 años de vida. Son los 50 un número mágico… el “medio cupón”, asumiendo que la esperanza de vida es de 100 años. Todos los días recuerdo cuando a los 20 se me hacían tan viejas las personas de 50, y cómo ahora se me hacen tan jóvenes… los amigos que han sido parte de mi vida siguen siendo los mismos “chamos” de cuando nos conocimos; ahora, más que nunca, tengo muchísimos planes, y son éstos muy especiales ya que han sido formados no sólo con la esperanza y energía que caracteriza a los años mozos, sino con mucha paciencia, consciencia, considerando la experiencia de todos mis años, lo cual me hace sentir seguro de que, si soy constante, los lograré todos y cada uno.

Un año muy interesante, en el que la experiencia juega un papel fundamental en el logro de las metas establecidas. Metas que se ven cada día más cerca y alcanzables, siempre y cuando me mantenga constante. Y es que la constancia es lo que me ha traído donde estoy, en el estado de satisfacción en el que vivo, y que es la plataforma perfecta para seguir adelante, compartiendo energía, experiencia y conocimientos con todos.

Somos lo que hacemos


Sin lugar a dudas, somos lo que hacemos. A veces hacemos lo que queremos, otras, lo que nos toca, pero en general todo compone nuestra experiencia, que en conjunto no es mas que nuestra vida. Tenemos la suerte de nacer, y luego, por un tiempo, hacemos lo que nos toca. En ese período desde el nacimiento hasta la adolescencia no estamos muy sometidos a la toma de decisiones. Luego, empezamos a tener algo de control sobre lo que hacemos, impulsados al comienzo principalmente por el flujo de las hormonas que se despiertan, y luego, dirigidos por las vueltas del destino, el cual nos fijamos pero no controlamos a pesar de poder tomar las mejores decisiones. Así, la vida pues va pasando.

Recién llegado a este mundo y recibido por mis padres

En algún momento todos pasamos por la presión por lo que deparaba el futuro. En la Universidad se preguntaba uno cuando terminaría; Al momento de casarse se pregunta uno si está tomando la decisión correcta; en el trabajo surge la duda de si es lo que se quería hacer. Y, a pesar de conseguir las respuestas, adecuadas o no, pues la vida continúa y uno al final entiende que se va de pasajero.

Finalmente, llegó el día en que me gradué…

Cuántas cosas no suceden en el camino… Amigos, familia, momentos… La memoria permite recordar los principales, pero los detalles van formando la base que nos sustenta, y que a pesar de no estar presentes todo el tiempo, un sonido, un olor, una imagen te transportan y comienzas a revivirlos. Sonríes, lloras, suspiras. Y caes en cuenta de que al final, ciertamente, las cosas se arreglan. Lo bueno siempre se repite. Lo malo, pues pasa y nos deja las experiencias que en conjunto nos servirán de guía no sólo a nosotros mismos, sino a quienes vienen detrás, nuestros hijos, sobrinos, hermanos…

El día en que nació mi hija

Mi vida, lo que soy, es gracias a lo que me ha tocado hacer. En muchos momentos pasamos por situaciones que nos hicieron dudar, en que nos sentimos arrinconados. Pero salí adelante. La esperanza nunca desaparece. No va a desaparecer. Cada uno de nosotros tenemos miles de razones por las cuales seguir luchando. Y lo seguiremos haciendo porque es parte importante de la Vida.

Redes sociales: ¿Juegos de rol?


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«Un juego de rol (traducción típica en español del inglés role-playing game, literalmente «juego de interpretación de roles») es un juego en el que, tal como indica su nombre, uno o más jugadores desempeñan un determinado rol, papel o personalidad. Cuando una persona hace el papel de X significa que está interpretando el papel de un personaje jugador (término generalmente abreviado con la sigla “PJ”)»

Recuerdo cuando hace mucho, mucho tiempo, jugaba con mis amigos Dungeons & Dragons. Eran los días en los que comenzaba el acceso público a internet (nosotros lo hacíamos sólo desde los laboratorios de la universidad), de manera que nuestro tiempo no era consumido, como ahora, en las redes sociales y demás opciones modernas. Luego comenzamos a jugar Magic the Gathering, y luego, por el año 2000, no podía despegarme de mi portátil jugando Counter-Strike. Era emocionante poder asumir poderes y personalidades ajenos, y compartirlos con los otros jugadores. Y cuando ya no podía más, u otros deberes me llamaban, pues volvía a ser yo, y a asumir mi realidad.

En estos días me comentaba un amigo que no leía libros ni prensa porque le era suficiente estar informado con lo que leía en Twitter y lo que veía en Facebook. Interesante punto de vista, pensé en ese momento, recordando que la promesa de las redes sociales era, precisamente, convertirnos a todos en parte de las historias. Finalmente, teníamos en nuestra manos la posibilidad de relatar la historia, en vivo, pasando a jugar un rol de reporteros de la realidad circundante. Y esa capacidad se extendió a la posibilidad de participar en movimientos políticos, sociales, ecológicos, en los cuales asumimos que nuestra opinión hará cambiar el rumbo de las cosas, eso sí, desde la seguridad de nuestro entorno. Entonces, se ha visto como muchos se han vuelto expertos en la lucha política, gritando con mayúsculas cómo se debe derrocar un gobierno tirano en las calles de cualquier país sometido, pero desde la segura lejanía geográfica y bajo la cobertura de los derechos civiles inexistentes en el lugar de la lucha; expresamos nuestra inconformidad con el hambre que pasan en África, con caldeadas discusiones que casi enredan nuestros dedos mientras disfrutamos un café en Starbucks; y al final, cuando la situación nos es adversa, nuestra opinión vilipendiada, o simplemente nuestras responsabilidades nos lo exigen, nos desconectamos, como si con eso las situaciones se congelaran y esperaran que las ganas vuelvan, o la conciencia remuerda con la situación por la que pasan nuestros congéneres.

Esa forma de «participación» que nos brindan las redes sociales se me hace tan semejante a los juegos de rol. Nos dan el mismo poder que tenemos de probar si el agua está caliente con la punta de uno de nuestros dedos, y si lo está, pues retirarse y esperar a que la situación sea más pertinente. Es como que le resta valor a lo que realmente pasa delante de nuestros ojos, con la posibilidad de hacer refresh y esperar que aparezca una historia menos complicada, en la cual nos envolveremos hasta que nos aburramos.

Y la triste realidad es que, a pesar del impacto que efectivamente puedan tener las redes sociales en tantos problemas que aquejan al mundo, jamás los solucionaremos desde la comodidad de nuestro hogar ni a través de la pantalla de un dispositivo electrónico. Quizás suene duro, pero es una gran verdad la frase de Martin Luther King:

«Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda»

Las Velas de Mucurubá


Mucurubá es un pueblo que se encuentra como a una hora de Mérida (Venezuela), por la vía hacia el páramo. Todos los años, el 8 de diciembre, se celebra lo que se conoce como “las velas de mucurubá”, en celebración al día de la Inmaculada Concepción, que es la patrona del pueblo. Por ello, y por lo general, la gente planifica para ir ese día y presenciar el espectáculo, que resulta realmente increíble, ya que se encienden mas de 17 mil velas, y se ve que no se apaga ni una, a pesar del viento. Como espectáculo, es realmente impresionante y recomendable para presenciarlo.

Un año, mientras estudiaba en la Universidad, conocí a una muchacha muy agradable, y a la cual comencé a cortejar. Fué cerca de diciembre de ese año. Con ella, salí, fuimos a comer helado, al cine, y fuimos profundizando en nuestra relación. Por aquellos días, formaba parte de un grupo de amigos que teníamos el vicio del automovilismo (aun lo tengo, pero mis amigos estan dispersos por todo el país), por lo cual nos veíamos religiosamente una vez por semana, en los “miércoles racing”, para hablar de los últimos acontecimientos, tanto personales como del mundo del automovilismo, y por supuesto terminaba en unos piques en alguna parte de la ciudad. Por esa época, le rendía culto al carro, el cual tenia preparado para cualquier eventualidad relacionada con la velocidad. Andaba yo en esos días en un fiat uno de la casa, y cerca del 8 de diciembre, a la chica a la cual cortejaba se le ocurre decir que le gustaría ir a las velas de mucurubá. Mejor oportunidad imposible! nos iríamos temprano, llevaríamos seguramente una “canelita”, y bueno, el regreso sería tarde… Así que rápidamente le respondí que yo siempre había querido ir, y que no había problema en que fuéramos. Me preparé con mi amigo Leo para la ocasión, y fuimos en lo que en esos días se denominaba un “dos pa’ dos”.
Previendo que es mucha la gente que sube de Mérida, nos fuimos temprano, a eso de las 3 o 4 de la tarde. A pesar de ser un tramo de no mas de 45 minutos, por la gente subiendo llegamos alrededor de las 6 de la tarde, cuando aun había sol. Nos tocó pararnos en frente de una casita al lado de la carretera, como a 5 kilómetros del pueblito, donde generosamente unos niños del páramo, con sus cachetes rosaditos, nos dijeron que nos cuidarían el carro. Lo dejamos y subimos confiados (de que me cuidarían el equipo de CD, que en esa época no era tan común como ahora, así como las cornetas y sobre todo los bajos con los que daba movimiento a mis intestinos a diario) hasta el pueblo. Llegamos y fuimos testigos de la preparación, viendo como terminaban de colocar las velas. Mientras paseábamos (yo agarrado de la mano con mi invitada, a pesar de no haber formalizado nada), buscando entre la gente un lugar para presenciar el acto central del encendido de las velas, nos conseguimos a un grupo de los amigos “racing”, donde estaban: nevera, conejo y peloe’rata (cada uno con su respectiva pareja), y algunos invitados mas que los acompañaban. Nos incorporamos al grupo, y disfrutamos, literalmente hablando, la velada. A las 8 en punto comenzó el acto. Salieron de la misa, encendieron los fuegos artificiales, y encendieron las velas. Pasado todo, uno se acerca y agarra una vela, que le queda como souvenir para ser utilizada en caso de necesidad (creo que la mía la gasté entre los cálculos,servomecanismos, y su laboratorio), y seguimos echando broma y disfrutando de cualquier cosa que mitigara el frío. Al rato, Nevera, que si no recuerdo mal andaba con su mamá, decidió bajar a Mérida antes de que saliera todo el tropel de gente, lo cual hacía que el viaje durara 3 o 4 horas. Seguimos gozando, hasta que en algún momento, pelo (e’rata) se dió cuenta que no tenía la llave del carro. Por supuesto que decidió bajar a ver si la había dejado en el carro. Quedamos pendientes pero seguimos disfrutando. Al rato regresó con cara de tragedia, y nos dijo: “el carro no está”. Como Pelo era muy echador de broma, le exigimos que no se pusiera con eso, que no era momento, y el volvió a decirnos, con mas decisión, que era verdad, que su carro no estaba. El carro de Pelo era un fiat nosequemodelo, viejito, arreglado “racing”, pero definitivamente no era lo suficientemente atractivo para robarselo. Solo alguien que lo conociera bien podia decidirlo, ya que lo único muy bueno que tenía era el motor (de hecho, Conejo un día, por querer hacer una gracia con el carrito, le reventó los satélites y planetarios de la transmisión…). Por supuesto que de inmediato, como era costumbre cuando a uno de nosotros le pasaba algo, y mas con su carro, bajamos corriendo donde supuestamente había estado parado el carro. En el camino pude verificar que el mío aún estaba allí, ya que el carro de Pelo estaba mas abajo. Llegamos y vimos que donde el decía que había estado el carro, efectivamente, no estaba. Su esposa afirmaba que era verdad, que allí lo habían dejado, y Pelo incluso mostraba que estaba la piedra con la cual había trancado el carro (ya que no le servia el freno de mano), pero definitivamente el carro no estaba. Yo me preguntaba: “y quien habrá decidido llevarse ese piazoe’carro?”, y creo que todos nos preguntabamos lo mismo. Finalmente, la conclusión a la cual llegamos era que alguien había subido a pié, y que bajando vió que el carro tenía la llave pegada, y decidió agarrarlo para hacer el viaje mas cómodamente. Aprovechando que la noche era clara, y que aún el tráfico no era tan tupido, decidimos emprender una pesquiza y recuperar nosotros mismos el carro. La esperanza era conseguirlo bajando, interceptarlo, someter a los ladrones, quitarles el carro, caerle a coñazos, y bueno, ya el destino diría que mas hacer. Dadas las circunstancias, el carro mas cercano y en mejor posición para salir de inmediato era el mio, por lo cual subí corriendo a buscarlo. Mi novel compañera tenia ojos de emoción, y en cierto momento expresaba estar realmente impresionada sobre lo que era capaz de hacer… definitivamente, recuperara o no el carro, la noche prometía!
Le di la vuelta al fiat picando caucho, y bajé a toda velocidad las 2 o 3 curvas que me separaban del sitio del suceso. Nosotros habíamos subido 4 personas, y ahora para bajar, debíamos sumarle 4 personas mas al carro. Como pudimos nos metimos. Dado que tenia experiencia en manejo a alta velocidad, y en vista de que el carro iba bien pesado, decidí darle lo mas duro que pudiera. Así arrancamos.
Pasaba cada carro que venía. En las curvas aprovechaba de aplicar la regla de que si no se ven luces viniendo podía pasar otro carro, rogando al final de la adrenalina que no se le ocurriera a alguien venir con las luces apagadas. Mientras bajábamos, la esposa de Pelo intentaba con mi celular (que era el único que tenia) agarrar señal para hacer la denuncia. Por la época y el terreno, era difícil que pudiera llamar hasta que estuviéramos mas cerca de mérida.
Pasé muchos carros. Los cauchos chillaban en cada curva. No pasaba de tercera velocidad, primero para mantener el control del carro y no recalentar los frenos, pero además porque ibamos 3 personas adelante, y mi joven acompañante iba muy pegada a mi, prácticamente encima de la palanca. Pelo me daba fuerza y me pedía mas velocidad. Ibamos preparando la acción a tomar si veíamos el carro. Mas curvas, mas carros pasados, hasta que llegamos al punto donde se empieza a ver la entrada de mérida. Paso un carro, viene un en contra que me obliga a lanzar el mio a la derecha. Suenan nuevamente los cauchos, curva a la derecha de dos, y de repente suena algo muy duro y hay un chillido estridente. El carro comienza a desacelerar, inclinado hacia adelante y a la izquierda. No tengo control y viene una curva, pero sin pisar los frenos, el carro va deteniendose. Volteo a la izquierda a ver si podía encontrar alguna razón, y lo que veo es el caucho delantero izquierdo que va rodando al lado del carro. Lo veo completico, con los rines que agarré del carro de mi tía (sin su permiso, por supuesto), rodar a mi lado mientras sigo andando. Rueda, tropieza con algo y da un salto, el impulso lo hace dar otro, llegamos a la curva a la derecha, pero el caucho sigue derecho, por lo cual lo veo caer en la profunda cuneta, que esperaba lo detuviera, pero que sirve de trampolín para verlo dar un enorme salto triple mortal, girar en el aire, casi despedirse de mi, y caer en el precipicio que separa la carretera de la entrada a mérida, y en cuyo fondo, muy profundo, fluye libre el río albarregas.
El carro termina de detenerse. Se hace un silencio mortal por unos segundos, hasta que decidimos bajarnos rápidamente para salvar nuestras vidas, ya que son alrededor de la una de la madrugada, en una curva, parado en el único canal de bajada, y en espera de que media mérida regrese, la mayoría, bajo los efectos del alcohol. “Están todos bien???” es lo que digo, mientras les grito que se bajen. Saco el triángulo de seguridad, y alguien de nosotros busca monte para poner en el camino. Aún tengo fresca la imagen del caucho andando a mi lado, mientras me preguntaba, al comienzo: “ese rin se parece a los del carro de mi Tía”. Pelo hace evaluación de daño: No es tan grave. “No es tan grave???????” pienso en un arranque de desesperación, pero veo a mi compañera de jornada, que con ojos ya de excitación me mira como si fuera Michael Schumacher mezclado con Macgyver y los Power Rangers. No puedo perder el control. Me acerco y veo que en efecto, tuvimos la suerte de que caimos en la plancha protectora de los discos de freno, y que solo eso había sufrido. De todas maneras, hay que esperar a ver si hay mas daños. Me imagino llamando a mi papá para contarle. La escena me espanta. Pienso que le voy a decir a mi Tía cuando me pregunte por sus rines. No se me ocurre nada. Mientras todo eso pasa por mi mente, la esposa de Pelo logra contactar a transito y pone la denuncia. Llego al borde del precipicio. No hay señales de nada. Medio meneo el monte, pero al pisar me doy cuenta que ni piso hay, es el monte muy alto lo que veo, y ni se escucha el río abajo. “Ese rin se perdió”, pienso mientras me estremezco, no sé si por el frío o por el peo que me van a formar. Transito envía una grúa. Llega el resto del grupo que quedó arriba, con lo cual se reinicia la búsqueda del carro de Pelo. Levantan el carro, y decido llevarlo a la casa de Pelo. Luego de dejarlo, y con el sol ya a cuestas, me dan la cola para dejar a mi compañera de aventura, quien se despide con un beso grande y profundo, tentador y retador. Pero el carro de Pelo no aparece, y hay que seguir la búsqueda. Me voy en un grupo, mientras Pelo anda en otro.
No pasa mucho cuando nos reencontramos. La buena noticia es que apareció el carro completo, sin problema. Cuando Nevera bajó (a Nevera le decíamos así, porque era como ver una nevera: gigante, blanco y cuadrado. De hecho, una de las “gracias” de Nevera era levantar uno y creo que hasta dos o tres “pacas” de cemento con los dientes…), de repente se encontró detrás del carro de Pelo. Al sacar cuentas y estar seguro que lo había dejado arriba en Mucurubá, decide interceptar el carro y recuperarlo. Lo pasa, se atraviesa, y se baja en forma amenazante. Los que lo llevaban, efectivamente, se lo habían llevado porque andaban a pié, y lo consiguieron con la llave puesta en la puerta. No oponen resistencia y le entregan el carro. Nevera le da el suyo a alguien de los que lo acompañaban, y se lleva el de Pelo a su casa, para avisarle al otro día. Se informa en tránsito y en PTJ que ya había aparecido el carro. Queda Pelo feliz, y yo con mi carro parado.
Revisamos el fiat mio, y efectiva y milagrosamente no le había pasado nada. Le pusimos el caucho de repuesto, y listo. No hizo falta mas para que siguiera funcionando perfectamente.
De la chica que me acompañó, creo que nos vimos un par de veces más, pero no se concretó nada al respecto. Le regresé los 3 rines al carro de mi Tía, y le dije que uno se había dañado y que lo estaban arreglando. Un tiempo después, armamos una operación de rescate, con Chicho, Pelo, Ramón Chen y Pura Papa para buscarlo. Compramos muchos metros de cabuya. Hicimos rapel hasta donde pudimos. De vaina no nos matamos en caída libre, o picados por una araña o una culebra, pero el caucho no apareció. Lo dimos por perdido.
6 u 8 meses después, me dijo Chicho que había visto en los llanitos de tabay un rin igual al mio. Armamos la excursión a la cauchera, plata en mano, a ver si era el mismo, y milagrosamente lo encontramos. Claro, el caucho había pasado a la historia, pero al menos podría recuperar el rin. Pagué no recuerdo cuánto, y cámara en mano registramos el momento en el cual recuperaba el rin, y se daba por cerrado el caso del robo acaecido en las Velas de Mucurubá.
Tiempo después me enteré que a mucha gente le pasaban accidentes extraños bajando de las velas. La razón, que los tiernos niños del páramo (o alguien mas muy perverso), le aflojaban las tuercas a los cauchos de los asistentes al evento. Así que si algún inocente lector decide ir a las Velas de Mucurubá, por favor asegúrese al regresar que todas las tuercas del vehículo en el que haya ido estén apretadas en su justa medida…