Las dos vidas que salvé


Con esto de buscar temas para mantener el interés en los visitantes al blog, me puse a pensar en los eventos significativos de mi vida, de donde seguramente podría obtener algo de inspiración. Mientras los recorría, se me ocurrió la idea de ir interrelacionándolos para ver si podía ahorrar tecleo, y me llegaron estos dos relatos, que espero disfruten.

 

Desde muy pequeño fui Boy Scout, principalmente en el Estado Trujillo. Pase de lobato a scout, mi promesa, las excursiones y los campamentos, todo con miras a pasar a la próxima etapa. Como todos en ese entorno, me esforzaba mucho por ser el mejor. Logré convertirme en miembro de los barras blancas, es decir, formé una patrulla (la cobra), y me gané el puesto de sub-jefe de patrulla (claro, el jefe fue el de la idea, y en ese momento, hasta a ese nivel, todo era meritocracia y rosca), pero seguía con el empeño de ser el Jefe de la patrulla. Religiosamente (quizás lo único que hacia religiosamente y a gusto por esos días) preparaba mi uniforme, y me encargaba de que mi mamá me planchara la camisa (en esa época era la camisa, la pañoleta, y de resto pantalón azul, que por lo general era un jean), para ir impecable a mi reunión sabatina, o a la actividad de turno. Nada mejor que un 5 de Julio, cuando nos tocaba desfilar uniformados, y en formación más rígida que la de los militares. En las excursiones y los campamentos de barras blancas, llegábamos a sitios donde mas nadie iba. Nos exigíamos al máximo. Sin mentir, la vida del grupo, en muchas ocasiones, dependió de que uno recordara que nudo hacer para construir un puente, o para rescatar a alguien que pisaba mal en un risco (una peña, la llamábamos) y se caía, y en forma instantánea había que tomar las acciones que condujeran a su rescate.

Pues bien, en ese entorno, un sábado de cuya fecha no puedo recordarme, sucedió que alguien detectó que por debajo de la puerta del baño estaba saliendo sangre a montones. Por supuesto que nadie le creyó al denunciante. ¿Cómo iban a salir montones de sangre por debajo de la puerta un baño, el baño de la sede de los scouts, en un sábado donde estábamos reunidos los lobatos, los scouts, los rangers y los dirigentes?. Pues bien, a nuestra patrulla se le encomendó la misión de ir a ver eso, quizás con algo de malicia pues como no podía ser cierto, nos querían tomar el pelo. Por supuesto que nosotros fuimos con la mayor seriedad que requería una misión como cualquier otra. Menuda sorpresa nos llevamos cuando vimos que efectivamente, la sangre ya no solo pasaba por debajo de la puerta, sino que pasaba el pasillo del patio (quizás unos 90 cm.) y se acumulaba en el jardín. Nos tuvimos que organizar, era lo que siempre habíamos esperado: una emergencia real!!!. En cuestión de segundos nos asignamos misiones. Unos irían a avisar al resto, otros tratarían de abrir (o tumbar de ser necesario) la puerta, y a mi me tocó el grupo que debía ir a avisar de inmediato a las autoridades, en este caso, a los bomberos. Considerando que para esa época yo pesaba (mi contextura no ha cambiado mucho, pero relativamente estoy mas flaco) unos 110 kilos, con mis 180 cms de altura, no se creía que pudiera yo ir lo mas rápido posible, o tan rápido como se requería. Era cuestión de vida o muerte (y era en serio!!!), y me tocó estar a la altura de las circunstancias. El cuartel de los bomberos quedaba a no menos de 4 cuadras en línea recta a donde estábamos. Éramos dos los que debíamos ir, así que yo arranqué. Corrí como nunca hasta ese momento lo había hecho. Sentía como el viento chocaba en mi cara. Pensaba que ni Carl Lewis era tan rápido como iba yo en ese instante. Y de verdad llegamos en un tiempo record. El único detalle es que mi esfuerzo fue tan grande que no podía ni hablar, pero gracias a Dios los Scouts trabajamos en equipo, y mi compañero, que era flaco y atlético (pero que nunca me pudo ni alcanzar) pudo darle sentido a los sonidos que en forma entrecortada salían de mi boca.

La recompensa: nos montamos en la ambulancia, y recorrimos el camino de regreso con sirena encendida y todo. Ya habían sacado a la victima. Era la Akela, que es quien dirige y orienta a los lobatos (niños menores de 8 años), que se había intentado suicidar, porque tenia problemas con su pareja, que era Baloo (el compañero de akela en la dirección de los lobatos), que parece que la iba a dejar.

Akela se recuperó. No sé si realmente Baloo la dejó o no, pero si se que gracias a nuestra intervención salvamos esa vida…

 

 

Este primer relato me conduce inmediatamente a muchos años después. Yo era estudiante en la Escuela Técnica Industrial de Barinas. Contaba con unos 17 años, cuando me tocó hacer mis pasantías. Como era del área de Electricidad, conseguí trabajar en una empresa de mantenimiento de aires acondicionados que daba servicio a la UNELLEZ. Por ser mis padres profesores en la misma, nosotros vivíamos en un pequeño campus dentro de la misma universidad. Un buen día, llegó la noticia de que debíamos ir a atender algún problema en una de las cabañas donde yo vivía, que era nada mas y nada menos que la cabaña donde vivía Susanita. Susanita era una chica de mi edad, exageradamente exuberante (me gustaba como loco), de la cual estaba realmente enamorado. El problema era que ella nunca me aceptó por mas que le insistí (cosa de la cual se arrepintió y me lo confesó años después). Ella vivía con su mamá, un hermano (de unos 11 años), y una hermanita (de unos 8 años). El hermano de Susana, que se llama Fernando, tenia un perro. Bueno, eso no puede llamarse perro, era una bestia, una combinación de oso con lobo y pastor alemán. Un perro que jamás dejaban suelto, porque eso implicaba que mordiera a alguien y se formaban unos líos tremendos. Por ello, ese perro siempre estaba MUY BIEN amarrado. Lo sabia porque era vecino de ellos. Lo sabia porque siempre iba a casa de Susana a visitarla. Lo sabia porque si algo era seguro, es que no dejarían suelto a ese perro.

Al llegar a la casa, al frente de la mía, en lo que los técnicos con los que iba vieron al perro, me dijeron que ni loco se bajarían del carro hasta asegurarse que el perro estaba bien amarrado. Como yo sabia que ese perro SIEMPRE estaba amarrado, quise ganarme algunos puntos de respeto, al decirles que yo me bajaría del carro. Por supuesto que ellos hasta ese día no sabían que yo vivía en la casa del frente y que conocía todo acerca del perro (y especialmente de Susana). Me bajé, y para ponerle más emoción a la cosa, y ganar mayor respeto, en lugar de pasar por el lado contrario al perro, decidí pasarle por todo el frente, cerca, a centímetros del asesino animal. Iba seguro, pensando en el respeto que me tendrían, cuando escuché el peor sonido de la historia de mi vida: el de la cabuya del perro soltándose. De ahí en adelante, como pasa en las películas, todo se puso en cámara lenta. Vi como subían los vidrios de la camioneta los técnicos que me acompañaban. Vi como el perro se me venia encima, y vi el camino que debía tomar para tratar de huir. Para ese entonces, contaba con un peso de no menos de 130 kilos (estaba realmente gordo), por lo cual se me vino a la cabeza que no tendría oportunidad de correr y huir del animal. Espere milésimas de segundo a ver si alguien, por el amor de Dios, me ayudaba, pero nada. No me quedó otra que correr, correr como nunca…. Corrí, corrí y corrí. El terreno no era plano, de manera que conseguí todos los huecos. A medida que corría, sentía como el perro me lanzaba los mordiscos, los cuales rozaban mi pantalón en Bendita sea la parte. Esto se repetía, mientras yo corría mas rápido que Carl Lewis (de verdad que lo admiro aun), al tiempo que trataba de mantener el equilibrio mientras alguno de mis pies (convertidos en alas) caía en algún hueco o desnivel. Pensaba que si me caía, la muerte era segura, pero ya no podía seguir corriendo. Había corrido más de 200 metros, y ya mi cuerpo no daba para más. Con lo ultimo de fuerza que me quedaba decidí enfrentar mi destino: detenerme y pelear de tu a tu con el perro, y que el destino decidiera quien saldría beneficiado con la vida y quien con la muerte. Me detuve, y también lo hizo el animal. Me di vuelta, cerré los puños (ni pensar en patadas, no sentía nada de la cintura para abajo), y me enfrenté a la bestia. El muy bendito perro se me quedó mirando, y simplemente se dio la vuelta y se regresó al sitio donde estaba acostumbrado a estar amarrado.

Por supuesto que en ese momento mi primera acción tenía que ser caer desmayado por el cansancio y el susto, pero recordé, y de hecho vi, que estaban los técnicos en el carro viendo el espectáculo. Por supuesto que hice de tripas corazón y comencé a recorrer el camino de regreso. A medida que regresaba observaba que el perro estaba suelto, pero inmóvil del cansancio en su lugar de siempre, y en la camioneta, Dios Mío, dos seres humanos que no podían estarse quietos de la risa que tenían… Me monté, aguantando las bromas que me hacían, y nos retiramos del lugar. Solo la lechina que me dio días después me salvó de la mamadera de gallo diaria y continua a la cual me veía sometido… pero salvé, una vez más, una vida: LA MIA!!!!!!

Con respecto al perro, resultó que la hermanita de Susana lo había amarrado la última vez, por lo cual se desamarró en lo que le pasó el primer pendejo mas cerca de lo que debía. Y por supuesto que después de tantas burlas, y de decirme que solo a un loco se le ocurría pasarle a ese perro tan cerca, les confesé lo que ya mencioné, que es que yo vivía al frente, etc…

 

 

A quien crea que estos relatos los estoy inventando, o que de alguna manera les estoy dando un toque poético, está equivocado. Las cosas sucedieron tal cual las relato, y son parte de las cosas que me han sucedido, y que iré relatando, en la medida de lo posible, por este medio.

 

No recuerdo mas vidas salvadas…pero si muchas otras situaciones.

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2 comentarios to “Las dos vidas que salvé”

  1. Mario Says:

    Mis heroes: Superman, Spiderman y ahora Fernando 😉Muy bueno…

  2. ELISEO Says:

    Epa, no recordaba lo de Trujillo, pero lo del perro de Susanita, recuerdas que una vez se soltó y yo estaba sentado en la puerta de la cabaña leyendo el periódico y cominedome unas morcillas y el bicho llegó y lo invité a comer y se echó al lado mío y me acompañó. Luego vino Luisa aterrada a buscar al perro y me enteré que era una fiera y me asusté…

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