Un viaje que nunca olvidaré (I)


El día 1ro de Julio del 2000 me casé. Debido a que en esa época aún estudiaba en la universidad, pues nuestra luna de miel debió posponerse hasta después de finalizar el período de clases, y específicamente después de presentar y tratar de pasar la materia Elementos de Ingeniería Eléctrica. De hecho, yo me casé por el civil un día viernes, por la iglesia el sábado, y el lunes presentaba un examen, ya que mi queridísimo profesor Mario XXXXXXXXX le pareció simpático que tuviera que estudiar para ese examen sin falta (Y LO PASÉ!!!!). Lo cierto del caso es que para nuestra luna de miel, planificamos irnos a finales de mes. En ese entonces, yo tenía un volkswagen, por lo cual el plan inicial era irnos en el fiat de mi mamá, que por supuesto era más cómodo. Nos íbamos para Margarita, donde íbamos a estar 15 días en el resort Playa el Agua, y 15 días más en el apartamento que tenían mis padres allá. Con el paso del tiempo, mi mamá se entusiasmó de irse también para margarita, y al final resultó que organizó todo (siempre lo hacia), de manera que nos íbamos juntos mi padres y nosotros a nuestra luna de miel. La fecha del viaje quedó establecida para el 30 de Julio, fecha en la cual se realizaban las elecciones generales, las primeras de la nueva constitución (todas las anteriores fueron referenda), de manera que el plan era salir de Barinas, después que mis padres depositaran su voto. Así lo hicimos. De hecho, mi hermano salio temprano a revisar el aceite y los cauchos del carro en el cual iríamos (el corolla de mi tía), y todo estaba bien. Ellos fueron, votaron, y regresaron, de manera que salimos a eso de la 1 de la tarde, con el plan de dormir en la carretera, o quizás llegar hasta puerto la cruz (siempre lo hacíamos así). Nos iríamos por la vía del llano, para evitar la entrada a caracas (por otro cuento que echaré oportunamente). Salimos, y todo iba bien. A la altura de Guanare, comencé a sentir que el carro hacia unos “extraños”, pero no era nada del otro mundo. De repente parecía que las velocidades (el carro era automático) no hacían los cambios bien, pero no era nada raro, iba a buena velocidad (siempre he viajado a mucha velocidad), y en general todo estaba bien en el tablero del carro. Eran las 6 de la tarde cuando ya íbamos bien adentrados en la carretera del llano. Una de las características de esta carretera es su soledad. Por esa hora, en la mitad de ninguna parte, con el sol ya caído sobre el horizonte y las sombras a nuestro alrededor, de repente el carro se quedó como en neutro. Todos nos quedamos en silencio, y no cundió el pánico. Me paré, y junto con mi papá nos bajamos, abrimos el capó del carro, y revisamos…. Todo bien! Esperamos un poco, prendimos el carro y el mismo arrancó en forma normal.

Seguimos nuestro recorrido, por supuesto más lento, pero obviamente todos nerviosos. La noche ya se había hecho presente en esa carretera donde de verdad no hay nada en kilómetros. Al rato, el carro volvió a quedarse en neutro. Esta vez, debido a la oscuridad, no nos bajamos. Apagamos el carro, esperamos otro rato (los segundos eran infinitos), intentamos, y seguimos, esta vez mas lento aun. A todas estas, mi esposa iba atrás con mi mama, y yo adelante con mi papá. Ya la conversación era distinta, ya se notaban los nervios. Al pasar de unos minutos, volvió a suceder lo mismo… nos paramos, esperamos, tomando esta vez el tiempo que debía transcurrir, e intentamos hasta que arrancamos de nuevo. Para hacer el cuento corto, la caja echó el tiro. El carro andaba 2 minutos, y se quedaba en neutro, y había que esperar como 3 minutos para volver a intentarlo. Esta prendedora y apagadera del carro podía significar que la batería fallara en cualquier momento, y de paso, lo repito, estábamos en la mitad de ninguna parte. Cada vez que el carro se paraba, lo apagábamos y no prendíamos ninguna luz para ahorrar la carga de la batería. En esos momentos, la oscuridad era hiriente. No se veía más allá de 5 centímetros de la cara. Recuerdo que a mi papa le habían regalado una botella de whisky muy fina por esos días, y el se la llevaba para disfrutarla en margarita. En algún momento se le ocurrió sacarla, y todos nosotros bebimos de ella. De hecho, hasta mi esposa se entusiasmó, para ver si pasaba el mal rato. Nos la bebimos y aun andábamos con la falla. Por allá como a las 10 de la noche, conseguimos un kioskito donde vendían aceite para carros. Compramos aceite, le echamos pensando que esa podría ser la falla, pero nada, todo seguía igual. Intentábamos con el celular, y nada, no había señal tampoco por esos lares olvidados de Dios. Como a las 11 de la noche (recuerden que venimos con la falla como desde las 6), vimos unas luces muy a la distancia. Era el peaje del sombrero. Intentamos llamar y a duras penas conseguimos comunicarnos con el 911 de telcel. Pedimos auxilio, una grúa, pero nos indicaron que donde estábamos (que veíamos el peaje) estaba fuera de la zona de cobertura de las grúas, y que debíamos llegar al peaje para que nos remolcaran. Fueron los minutos más desesperantes que recuerde hasta ese entonces. Tardamos hora y media en llegar. Al llegar, llamamos de nuevo, pero nos dijeron que no habían grúas, y que por la hora debíamos esperar hasta la mañana. Al estar en el peaje, decidimos dormir allí mismo, los cuatro, en el carro.

 

Los mosquitos eran insoportables. Escasamente teníamos agua (quizás del hielo de una cavita con la que siempre viajábamos), pero amanecimos al menos al resguardo de la guardia nacional, y con un baño cerca. Al amanecer, muy temprano (las 6 de la mañana), llamamos pidiendo la grúa con lo que quedaba de batería en el celular. Nos la enviaron y nos llevaron hasta el pueblo de Ortiz, como a una hora de San Juan de los Morros. Mi papa habló con el de la grúa, y por la falla nos llevaron al taller de la persona que trabajaba de mecánico en el pueblo. Para referencia, este pueblo fue la inspiración para el libro “Casas Muertas” (y entendimos por qué).

Resultó que el taller del mecánico recomendado era bajo una mata de mango, con el suelo de arena… Que más, no había opción. Nos dejaron allí y esperamos que desarmaran la caja y nos dieran un veredicto. Mi mama sentada en una sillita que nos prestaron y nosotros como podíamos. Nuestras caras eran de muerte, pero ahí estábamos. Mientras desarmaban el carro, para lo cual creo que tuvieron que ir y pedir gatos prestados, mi papa preguntó por un hotel en el pueblo, y nos dijeron donde estaba el único. Que más, nos fuimos mi esposa, mi mama y yo a buscar una habitación. Dado el hecho de que se supone que mi esposa y yo estábamos de luna de miel, el plan era pedir dos habitaciones. Hablamos en la “recepción”, y nos encontramos con la sorpresa de que debido a las elecciones, los partidos habían movilizado gente para votar, y no había nada desocupado, pero que ya la gente estaba saliendo. Les pedimos efectivamente los dos cuartos, y que regresaríamos en un rato a ver si estaban desocupadas. Antes de salir, nos avisaron que había una vacía. Decidimos que la agarraríamos mientras se desocupaba la otra. Cual será nuestra sorpresa cuando entramos a la habitación…. Era una habitación enorme, donde habían dos camas matrimoniales y dos literas. El estado era realmente deprimente. Ni siquiera nos miramos y entramos con los bolsitos que habíamos destinado para cargar ropa para el viaje, ante la eventualidad de que nos quedáramos en la carretera en caso de estar muy cansados, ya que nuestro ferry salía el día lunes en la noche, tiempo suficiente para llegar con calma. Al sentarnos en la cama, la misma casi pegó al suelo… y ni hablar de cuando entré al baño; bañarse allí descalzo era salir con un sembradío de champiñones en los pies. La situación era realmente caótica, pero todos nos hacíamos los locos. Vino mi papá con las noticias de que habían sacado la caja y estaba destrozada. Cuando vio la habitación, no hizo mas que reírse. En todo el proceso llego el mediodía, y ya era evidente que debíamos quedarnos allí. La caja debía ser llevada a San Juan de los Morros y quizás a Maracay, lo cual llevaría mucho tiempo. Mientras, cuando fuimos al restaurante del hotel, al ver la situación, mi esposa decidió que no iba a comer nada. Y de verdad que la entiendo. Para suerte (¡!) de nosotros, había una arepera 24 horas cerquita, de hecho era la única en el pueblo, donde se paraban los buses de noche a recoger a la gente de paso a otros lares. Mi papá y mi mamá se fueron a ver lo de la caja, y mi esposa no hacia más que llorar, aunque trataba de evitarlo. La situación era bien comprometida, pero ahí estábamos, y no me atrevía a dejar solos a mis padres. Llegó la noche, y el veredicto final del mecánico: hay que reconstruir la caja. Escasamente pudimos dormir, pero allí estábamos. Al día siguiente seguimos entre el hotel y la arepera, esperando que pasara el tiempo. Mi papa se fue a San Juan de los Morros a ver por la caja del carro. El día fue sencillamente horrible. Llanto de mi esposa, mucho aguante de mi mama para no derrumbarse, y yo en el medio sin tener ni la menor idea de qué hacer. En la tarde llego mi papa sin noticias nuevas. Entrada la noche me llamo aparte y me dijo “hijo, ustedes no pueden seguir aquí, es mejor que se vayan”. Yo me vi enfrentado a la decisión de llevarme a mi esposa de allí dejando con ese paquete a mis padres solos, o quedarme quien sabe cuanto tiempo más e irnos todos. Mi papá me insistió en medio de unas cervezas que sabían a gloria: “hijo, váyanse ustedes para que recuperen algo del tiempo que les queda de resort, y nosotros llegamos allá en lo que podamos”. Recordé la cara de mi esposa y la de mi mama, y tomé la decisión de que nos íbamos.

 

De todas las maletas (con ropa para un mes, ya que íbamos a disfrutar y no a comprar), sacamos lo mas importante y lo metimos en un morralito. Preguntamos como hacer para llegar desde ahí hasta Puerto La cruz. había que pararse muy temprano, para agarrar una buseta hasta el Terminal de San Juan de los Morros. De ahí, tomar un bus hasta Maracay o Valencia o La Victoria, y de ahí otro bus a Puerto La cruz. Decidimos que lo haríamos…

 

Al día siguiente nos paramos muy pero muy temprano. A las 6 de la mañana estábamos en la calle principal del pueblo con mi papa esperando que pasara una buseta hacia San Juan de los Morros. Era una escena muy triste, Nadie hablaba, y lo poco que nos decíamos eran bromas destinadas a suavizar el momento. Por fin vino una, la paramos, nos despedimos y nos metimos en la aventura. Fuimos parados como por una hora, hasta que llegamos al Terminal de san Juan de los morros. La idea ahí era agarrar el primer bus a algún Terminal grande, y la suerte nos acompañó por el hecho de que apenas llegando había un señor gritando “TERMINAL DE MARACAY SALIENDOOOOOOO”. Saltamos de la buseta y nos metimos en ese bus. Luego de unos 45 minutos, estábamos los dos en el Terminal de Maracay. Pensamos que ya estábamos en la civilización, y sentimos que podíamos estar tranquilos, pero estuvimos equivocados……

 

Continuará!

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3 comentarios to “Un viaje que nunca olvidaré (I)”

  1. Brid y Tete Says:

    Interesante tu relato!!!! espero q el resto de viaje haya sido confortable!!T.T

  2. Mario Says:

    Que memoria la tuya!!! …yo no me acuerdo ni siquiera que hice ayer.Como sea, me tienes en suspenso así que apresurate a escribir el desenlace.Saludos

  3. ELISEO Says:

    Epa, en realidad fué el peaje de Dos Caminos, al ladito de Ortiz. Para más detalle, la reparación de la caja nos costó la mitad de un bono vacacional, pero cuando tu mamá y yo nos quedamos, nos convertimos en los consentidos del pùeblo, nos brindaban y en el hotel hicieron unas comidas bunísimas, comimos venado, lapa, chiguire y demás, gozamos un mundo!

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