Cuánto cuesta un muchacho?


Corría el año 1981, y estudiaba yo el 1er año de Bachillerato. Desde pequeño decidí que sería o bien militar o ingeniero electricista. Como mi mamá no me había acompañado en la idea de ser militar desde el liceo, decidí estudiar en una Escuela Técnica para ir adelantándome en los conocimientos referentes al área de la electricidad. Por aquellos días vivíamos en Trujillo, por lo cual comencé a estudiar el la ETI Laudelino Mejías. Como era de suponerse, muchas de las tareas que nos asignaban tenían que ver con el área de electricidad, y es en ese contexto que sucedió lo que a continuación contaré.

 

Un día, me mandaron a hacer de tarea algo relacionado con un circuito. Si no recuerdo mal, debía hacer los distintos circuitos en una maqueta (en serie y en paralelo). Yo tenía lo que se llamaba “taller” en las tardes, y de verdad que no recuerdo por qué ese día no tuve clases en la mañana, por lo cual me dispuse a hacer mi tarea en el transcurso de la misma. Para comprar los materiales, le pedí plata a mi mamá, quien me dio la suntuosa suma de 10 bolívares, de los cuales debía relacionar uno a uno cada bolívar gastado. El problema era que mi mamá siempre le tuvo mucho miedo a que consumiéramos drogas (y que madre no lo hace), y referente a la plata nos tenía bien controlados como medida de saber si andábamos comprando el material mencionado. En fin, que con esa suma debía comprar lo que requería (unas pilas, unos cables, unos bombillitos y unos suiches), y por supuesto entregar el vuelto.

 

Ese día a mi mamá se le ocurrió aprovechar que yo estaría en la casa y dejó cocinando un muchacho (ya comienza a develarse el titulo de este escrito). Era como de 2 kilos, y las instrucciones eran bien simples: “está a fuego lento; debes estar pendiente de que no se seque, y puyarlo; cuando este blandito, lo apagas y lo dejas tapado”. Eran instrucciones sencillas, que un muchacho de 11 años era capaz de entender, como en efecto lo hice.

La cuestión era que no me atrevía a salir dejando el muchacho al fuego, ya que a pesar de que debía comprar mis materiales muy cerca de la casa, pues no sabía que podía suceder en el camino. Por ello, comencé a pensar (en este momento es que siempre me suceden las cosas) que tenia tres opciones: o bien salía y como estaba el muchacho a fuego lento, me daría tiempo de ir y venir sin problema; o bien le subía el fuego al muchacho para que estuviese mas rápido y poder salir sin preocupación; o esperaba que estuviese listo a tiempo con el fuego tal cual estaba (bajo), para salir igualmente sin preocupación. Pues bien, la solución no pudo ser mejor: una suerte de combinación de las dos opciones recién descritas. Le subí el fuego al muchacho con miras a estar pendiente del mismo para que estuviese mas rápido, pero por cosas de muchacho (y del destino, definitivamente), se me olvidó el bendito muchacho e igual me fui dejándolo a fuego alto.

 

Quizás había pasado media hora o más cuando regresé a la casa. Una vez que abrí la puerta sentí como se me volteó el corazón: la casa estaba llena de humo (y hablo de una casa que era sumamente grande), y el olor a quemado era penetrante. COÑO, en es preciso instante recordé el muchacho! Corrí a la cocina y efectivamente la fuente del olor y del humo era la olla Renaware donde se cocinaba el hoy occiso. La destapé, corriendo el riesgo de quemarme mi cuerpecito de niño con el vapor que de allí emanaba. Lo apagué, y lo revisé a ver si era posible rescatar algo de manera que mi mamá no se diera cuenta del hecho, pero era ya imposible. El muchacho era una masa combinada de carbón con algunas tiras de carne y una deliciosa salsa negra mezcla de quemazón, raspado de olla y guiso de tomate. Creo que aun tenía en la mano la bolsita con mis cosas de la tarea. Debido a que tenía que hacer la misma, después de apagar todo, y con el corazón en la garganta, no me quedó de otra que sentarme a hacer mi tarea.

 

Aun recuerdo esa tarea, me quedó perfecta. La idea era mostrarle a mi mamá lo inteligente que era para que se apiadara de mi existencia. Por cierto, que otro punto a mi favor que manejaba era que solo había gastado unos pocos bolívares de los 10 que me había dado, lo cual también, a mi juicio, sumaría puntos a mi favor a la hora en que ella llegara y viera el desastre suscitado. Escuché la puerta cerrarse, y efectivamente era mi mamá. Me preparé para mostrarle mi tarea, y tenia el vuelto de los 10 bolívares preparados para entregárselos. Algo que era imposible de ocultar era el olor a quemado. Apenas mi mamá entró comencé a escuchar la gritadera, la cual se iba haciendo mas fuerte a medida que iba acercándose a la cocina (repito que nuestra casa era muy grande, larga más bien que grande). Cuando llegó de nada valió la tarea y el vuelto que pretendía fueran mi salvación. De hecho, creo que tuve que esconder la tarea porque corría el riesgo de ser el objetivo de la rabia de mi mama al destapar la olla (literalmente hablando). Se volvió loca. Gritaba que como le había hecho eso, que como le había dejado quemar su muchacho, que le había costado 60 bolívares, y que qué iba a hacer ahora de almuerzo. De verdad que me quedé petrificado. Una y otra vez se repetía la escena y los gritos, y sus miradas cada vez eran más amenazadoras. Sentí un alivio cuando me dijo “no te voy a hacer nada (no existía la LOPNA), pero ojala que tu papá haya peleado en la oficina para que te medio mate”. Mi papá rara vez llegaba de mal humor a la casa, así que por el momento esa fue una tremenda noticia: saber que el castigo quedaba pospuesto para la llegada de mi papá.

Pasaron algunos minutos cuando llegó. Apenas cerró la puerta escuché su silbido. Venia cantando, contento. LISTO! No habría peligro para ninguna parte de mi cuerpo. Cuando llegó yo estaba en mi cuarto. Por supuesto que el olor (aun se sentía) debió ponerlo sobre aviso, y cuando mi mamá llorando le echó el cuento, se hizo el silencio. Algo escuché que se decían en voz baja, hasta que por fin me llamaron.

Las soluciones de mi papá siempre fueron duras. En este caso, me indicó que se me había dejado una responsabilidad y que les había fallado. Y para hacer el cuento corto, el castigo que me impusieron fue que tendría que comer del muchacho quemado. Por supuesto que me sentí totalmente salvado. El castigo era sencillo y seria corto. Podría comer poco, y completar el almuerzo en el liceo, y así lo hice. Sacaba los pedacitos no achicharrados y me los comía, y mucho arroz. Al final de cuentas, había salido muy bien librado después del desastre cometido.

 

Lo que no me imaginé es que el castigo lo había entendido mal. No se trataba de que comiera Del muchacho, sino que era que me comiera EL (son la “D”) muchacho. Religiosamente mi mamá sacaba el muchacho quemado de la nevera todos los días. En aquellos días no había microondas, así que era en una sartén donde me calentaba mi carbón. Le echaba salsita quemada y todo, y me servía mi muchacho quemado, mientras que ellos comían comida normal, divina, no quemada, y todos sentados en la misma mesa… El castigo se repitió hasta que se acabó el bendito muchacho, mas o menos una semana…

 

Hoy en día recuerdo ese capítulo como si fuera ayer. Por algo ahora no cocino, y cuando veo a alguien cocinando, especialmente a mi esposa, siempre le digo “revisa la candela, MOSCA que se te puede quemar”. Y de verdad aprendí que al menos, cuando piense, debo hacerle caso a mi mente y no a mis impulsos.

 

Si las leyes fuesen retroactivas, podría demandar a mis padres por maltrato infantil, pero de verdad que lo merecía, y como dije antes, salí muy bien librado, ya que el método me permitió internalizar acerca de mis responsabilidades. Claro, no fue lo único que hice, otras MUCHAS cosas sucedieron, que fueron las que me formaron el carácter, y que son las que hoy en día van alimentando este blog…

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