Perdiendo el Trabajo


Con mucha preocupación observo cómo, sobre todo en los últimos años, hemos ido perdiendo el trabajo. Pero no me refiero necesariamente al empleo, a esa actividad que diariamente realizamos millones de venezolanos y, obviamente, seres humanos alrededor del mundo, sino del concepto, de la idea, del estado en el cual deberíamos estar mientras nos dedicamos a cualquier actividad con la esperanza de vivir de la misma. Así, vemos como en Venezuela, se ha hecho presente un proceso de “banalización” del trabajo. Llega una fecha como el 1ro de Mayo, y se hace presente el significado del día del trabajador para quienes detentan y aspiran detentar el poder: aumento del sueldo mínimo y demostración de fuerza electoral. Lamentablemente, a eso se ha reducido una fecha como esta. Con la llegada del 1ro de Mayo, se escuchan los anuncios de los aumentos, tan esperados y merecidos por todos, y los discursos que indican lo injusto o poco de los mismos. Se observa como , por un lado, en forma patética se utiliza el hecho de ser un trabajador, como medio de amedrentamiento para que se participe en marchas que den cuenta del poder de convocatoria del Gobierno, y por otro, como quienes no tienen ese yugo, marchan en contrapeso, además de para hacer ver la realidad de lo que ocurre con el tema laboral en Venezuela. Desde muy joven escuchaba como decían “el trabajo ennoblece”, o “ningún trabajo es motivo de vergüenza”. Hoy en día parecieran tender a desaparecer esas y otras concepciones al respecto, y más a la luz de las realidades que vivimos. Sin embargo, hay muchos puntos que se deberían atender, especialmente en una fecha como la de hoy, pero que por su naturaleza incómoda, se prefieren dejar de lado a la sombra de la discusión de si se ganará o no cesta ticket. A eso han reducido nuestro interés por el trabajo.

Cuando hablan del día del trabajador, lo primero que se nos viene a la mente son los empleos que hemos tenido, y las personas que conocemos que trabajan. Por lo general, a todos ellos van dirigidos los actos y medidas que se generan como resultado de la digna fecha. Sin embargo, creo que particularmente el Gobierno, y quienes aspiran a conformarlo, deberían considerar el complemento a lo tradicional. En un día como hoy, mientras veo en la televisión a tantos trabajadores reclamando justas aspiraciones, pienso en los niños que aún cuando se ofreció hace demasiado tiempo sacarlos de la calle “a cuenta de cambiarse el nombre”, permanecen como fieles testigos de la desidia gubernamental trabajando en cualquier cosa que les permita ganar algo para poder sobrevivir. Todos los días, en la ruta hacia mi lugar de trabajo, paso por un lado de una viejita con una niña especial en una silla de ruedas, que pide ayuda. Esa niña, aún sin saberlo, es una trabajadora de nuestro país. Una trabajadora que jamás recibirá un 15 y un último, que no tiene seguro, que no gana cesta tickets. Sin embargo, todos los días está allí, en el mismo lugar, desempeñando su trabajo. Más abajo paso por un lugar donde atienden a lo que llamamos “mendigos”. Todos los días a las 8 de la mañana abren, de manera que hay una cola de gente, de todas las edades, esperando pacientemente que abran para que los atiendan, los bañen, los hagan sentir que estan vivos. Ese es su trabajo. No ganan nada por eso, pero hacer el esfuerzo por estar allí todas las mañanas, al menos de lunes a viernes que es cuando los veo, les permite sobrevivir. En una estación de servicio donde de vez en cuando me detengo a llenar mi tanque, me siento en la obligación de darle a una señora, que carga a cuestas una niña mas o menos de la misma edad que la mia, el equivalente a un tanque de gasolina de mi carro. Se acerca decentemente, demostrando pena, y pidiendo con mucha decencia una ayuda. Mira nerviosa hacia la oficina de la estación de servicio, desde donde el dueño sale cada tanto tiempo a gritarle que se vaya. Esa señora es una trabajadora, que no aplica al seguro social, pero que religiosamente asiste a buscar el sustento como cualquier otro ciudadano.

Mientras nos advierten de la guerra que implementará “el imperio” para acabarnos, parecieramos no advertir la que desata el lobo vestido de oveja. Es el efecto del Circo Romano. Mientras el pueblo disfruta desde las gradas, el Gobierno coloca a las empresas y empresarios en la arena, para sistemáticamente irlos acabando. La sangre que se derrama es la de ellos, mientras Emperador y Pueblo disfrutan del espectáculo. De vez en cuando aparece un luchador que logra aguantar todo, y presentarse en varias funciones, pero cuando se advierte, se hace cualquier cosa para acabarlo, ya que representa una esperanza. Muchos de los que un día estaban en las gradas, y que disfrutaron de ver el sangriento espectáculo, un día se lanzan a la arena, y es entonces cuando caen en cuenta del error que cometían, pero ya es tarde. El punto no es si el sueldo mínimo es el máximo de latinoamérica, o si se reducirá la jornada de trabajo. No es en los números donde está la solución a todos los problemas, sino en los signos que los acompañen. Mientras permitamos que nos resten las voluntades a cambio de dádivas, y nos dividan socialmente, seguiremos o empeoraremos nuestra situación. Si por el contrario sumamos voluntades y multiplicamos las buenas experiencias, tendremos esperanzas de que, algún día, celebremos realmente el día del trabajador, no con un aumento de sueldo, sino disfrutando del progreso arrollador de un país que lo tiene todo para salir adelante.

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