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Manual para saber cómo morirse

febrero 12, 2012

Pedro Pérez había vivido una buena vida. Hombre de familia, esposo atento, excelente profesional y mejor amigo. Nunca tuvo riquezas, más que aquellas que alimentan el alma. Sus hijos crecieron siguiendo su ejemplo, y dándole muchos, quizás todos los motivos para sentirse orgulloso de ellos. El tiempo, su tiempo, pasó, para finalmente morir en la Gracia del Señor. Sus deudos, amigos y demás familiares y relacionados lo acompañaron en sus últimos momentos entre los vivos, hasta que fué sembrado para comenzar en paz su descanso eterno. Pedro Pérez tenía 90 años.

Francisco Gómez había vivido una buena vida. Hombre de familia, esposo atento y excelente profesional, disfrutaba del tiempo como cualquier otro. Un día mientras disfrutaba de unas merecidas vacaciones, lo sorprendió la muerte. Sus amigos, familiares y allegados lo acompañaron en sus últimos minutos en la tierra, hasta que fué enterrado, en santa paz. Francisco Gómez tenía 55 años.

En los días sucesivos a sus muertes, se hicieron las misas correspondientes, hasta llegar a la última, donde las familias se despidieron de aquellos que los acompañaron, para seguir su vida. En el caso de Pedro Pérez, aparte de las diligencias legales, no hubo mayor actividad. Pero en el de Francisco Gómez, en esa semana posterior a su muerte, sucedían hechos a nivel mundial relacionadas con su ausencia física.

Francisco tenía 857 amigos en Facebook, seguía a 1280 cuentas en Twitter, y lo seguían a el 152. Los primeros días de sus vacaciones, y hasta que lo sorprendió la muerte, cargó en el facebook muchas fotos. En la piscina, haciendo parrilla, en la playa… Daba su opinión por Twitter de cada cosa que hacía, recomendando o vetando cada sitio al que iba. El tema político le era especialmente atractivo, por lo cual intercambiaba a diario miles de twitts sobre su opinión particular y las de aquellos que seguía o lo seguían. Pero de repente, silencio. No hubo más respuestas en facebook, no más twitts, no más fotos. Ni él ni su esposa escribían ni respondían, y sus amigos más cercanos dejaban mensajes en sus muros preguntándoles qué hacían.
Un día, algún familiar escribió en un comentario de una foto familiar de Francisco, que lo extrañaba, y que esperaba que Dios lo tuviera protegido y junto a su familia. Esto alertó a todos los otros amigos, al recibir el mensaje en su correo, por lo cual se activó la red facebook-twitter-gmail, hasta que se hizo público el hecho de que Francisco había muerto. Los amigos que se iban enterando, iban escribiendo mensajes en el muro de Francisco, y los más allegados subían fotos en las que aparecía Francisco, por lo cual todos los más pendientes aprovechaban de hacer algún comentario.

La siguiente fecha en la que Pedro Pérez cumpliría su cumpleaños 91, su familia lo recordó, con mucha nostalgia, y le hicieron una misa. La siguiente fecha en la que cumpliría 56 años Francisco Gómez, el facebook le recordaba a todos sus amigos del evento, y los más descuidados se apresuraban a dejarle la respectiva felicitación en su muro, al igual que en el twitter, mientras sus familiares veían en su perfil que en ninguna parte decía que había muerto.

Distintas religiones hablan de la resurrección y la vida eterna. Quizás el Facebook, el twitter, y todo lo que lo acompaña no sea más que el producto del designio divino para cumplir con esa oferta de vida eterna. Claro está, siempre y cuando el secreto de su “password” muera con aquel que por la razón que sea deja el mundo de los vivos. En caso contrario, no solo será posible darle santo y absoluto descanso al alma del occiso, sino quizás hasta olvidarlo voluntariamente al tener acceso a ese tesoro que todos tenemos ahora, como lo es el que se encuentra a tan sólo un “login” y un “password” de distancia.