Invasión Silenciosa


Sus noches se iban pensando en todos los que habían llegado. No había un momento, un segundo, en que no llegaran. Cortos, largos, importantes, absurdos. Incluso los que no eran de su atención, llegaban sin tregua. Parecían inútiles todos los esfuerzos por controlarlos. Y, todos a su alrededor sufrían el mismo mal.
Con el avance del tiempo, por extrañas circunstancias surgían medios de dominación mas especializados. Ya el campo de batalla no estaba restringido a las horas hábiles, sino que lograba extenderse a la casa, el cine, incluso a los momentos mas íntimos que se dan en el baño. La dominación se hacia palpable al observar a tantos con las cabezas gachas, las manos como atadas. Aquellas cabezas que en todo momento, incluso en las horas de atención laboral, se mantenían erguidas, orgullosas, manteniendo la actitud de alerta ante las circunstancias de la tranquila vida que llevaban. Y las manos… Las manos que tanto hacían.  Las manos que en plena libertad transmitían amor, generaban orgullo, producían tanto como para sentir una vida plena, ahora perdían su movilidad, producían dolor al mantenerse estáticas sirviendo de apoyo al mecanismo perfecto de dominación.

Luego, comenzaron las víctimas. Infartos fulminantes, accidentes de transito, aéreos, y asesinatos por despojar de aquellos aparatos por doquier. La vida pierde valor ante la necesidad popular por aquel mecanismo de dominación perfecto. Aprovechando los gustos y hobbies, se convierte la dominación en el día a día de cada ser humano del planeta.

Mientras lucha contra el trasnocho, suspira viéndose totalmente sumiso ante el invasor silencioso. Recuerda como en la oficina el y todos cuantos trabajan, independientemente de su función o área, sucumben al yugo. Antes de apagar la luz de su mesa de noche, se voltea y ve en la mesa de su esposa como otro invasor reposa silente mientras absorbe la energía que necesita para continuar su trabajo de dominación. Apaga la luz, y en lo que empieza a sentir el sueño, una señal emana de sobre su mesa de noche, emitiendo uno de tantos sonidos que indicaban la esclavitud a la que estaba sometido. Un nuevo suspiro, mientras con el corazón acelerado pensó: llegó otro correo…

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