La Barca Uno


A finales de los años 80, comencé la carrera de Ingenieria de Sistemas en la Universidad de Los Andes. En aquel entonces, el básico de ingeniería se hacia en los chorros de milla. Unos metros abajo del básico, entre otras licorerias, estaba la Barca Uno. Allí, se hicieron presentes muchos sueños, celebramos cuando una nota menor a 10 mataba otros, y siempre llegábamos para brindar por cualquiera de las millones de razones que siempre teníamos…

Luego de aquellos muy difíciles primeros días, en los que para identificar a “los nuevos” se salia de aquel estrechisimo pasillo con el carnet en la mano, obligando a quienes no teníamos a no salir para evitar el interminable proceso de “bienvenida”, comenzamos a sentir que realmente estábamos en la universidad. Disfrutar de aquella ” libertad” de hacer lo que quisiéramos comenzaba a ser realidad. Algunos tenían carro, y le daban la cola a quienes vivían en su ruta y se hacían sus mejores amigos. La situación del trafico de la época permitía que fuéramos a almorzar a la casa y regresáramos a tiempo en el espacio de tiempo comprendido entre las 12 y las 2 de la tarde. Así hacíamos, hasta que un día algún miembro del grupo comentó: “leí que si uno se toma UNA cerveza a mediodía, se abre el apetito”. Cual si sufriéramos de inapetencia, nos pareció un ” tip” interesante, por lo cual ese mismo día decidimos probarlo. Por alguna razón, elegimos a la Barca Uno como proveedora de la no necesitada solución a una inapetencia inexistente. Cual si se tratara de una receta médica, procedimos a pedir una ronda. Finalizada, nos vimos con cara de aprobación, y seguro estoy que alguno, tocándose el estómago, comentó que hasta sentía mas hambre. Cual cientificos, nos retiramos satisfechos a disfrutar del resultado de aquella prueba, sometida con extremo cuidado al método científico. Al día siguiente, y así los sucesivos, sometimos al rigor científico aquella hipótesis original, siendo el resultado el esperado ya que efectivamente todos los días sentíamos mayor apetito ante el mismo estímulo.
Supongo que aquella lectura que hacíamos en Sociología, “el gesto y la palabra” de André Leroi-Gourhan, causó algún efecto en nosotros. Y se hizo presente el hecho en un intento de expansión de los bordes de la ciencia, cuando algún miembro del grupo llegó a la conclusión de que si una cerveza nos abría el apetito, lo cual estaba sobradamente demostrado, pues dos duplicaría el efecto. A este nuevo reto nos sometimos, determinando que realmente se comprobaba la hipótesis planteada, aunque se comenzaron a presentar efectos secundarios. Al salir con el estómago vacío a tomarse dos cervezas, ya se llegaba a una frontera peligrosa. Total que luego pusimos a prueba los limites de la ciencia al decidir que 3 cervezas serían mejor, con lo cual se acortaba el tiempo disponible para ir a almorzar, por lo cual ahora contábamos con mas tiempo, el cual llenamos con otras cervezas adicionales, hasta que un día llegó lo que transformó aquella hipótesis original: se hacia presente la caja de media jarra nacional. Obviamente, era mas barato comprar la caja de media jarra que las polares detalladas, así que nos ofrecieron guardarnos una caja cada mediodía. Luego, como requeríamos mas tiempo para tomarnos la caja, nos invitaron al “reservado”, que era un patio al que se accedía por una puerta casi invisible y solo para clientes. Allí podíamos sentarnos en cajas vacías y estar mas cómodos. Había gallinas, las cuales usaban para unos muy buenos sancochos, los cuales repartían sin costo adicional a sus clientes. Con eso resolvíamos el tema original del almuerzo. Nos fuimos agrupando en la medida en que contábamos nuestros descubrimientos, con lo cual aumentaron las cajas que necesitábamos, además de que ya no esperábamos mediodía para ir, sino que desde las 11 ya no se nos veía por las aulas ni pasillos del básico, hasta la clase que tocaba a las 4 de la tarde, cuando no era hasta el día siguiente…

Aquellos días fueron gloriosos. Eramos hombres; eramos libres; hasta que llegaron los primeros exámenes. Obviamente en aquel salón anexo de la Barca Uno aprendíamos mucho de la vida, pero de ese conocimiento poco aplicaba para los exámenes de calculo, álgebra, química y ni siquiera para Sociología. Ni teníamos los conocimientos, ni estábamos en condiciones de presentar aquellos exámenes que siempre eran a las 2 de la tarde. Así, aquella aula, cual la que usaba Newton, nos dió muchos conocimientos, pero no logró ayudarnos en nuestros estudios. Hasta aquel día en que parte del grupo se fue directo de la fuente del sabor a un examen en la sede del saber, vivimos muchos, muchos buenos momentos. El descubrimiento de los atrevidos, algunos dormidos sobre el examen, otros reclamando alterados por las preguntas, nos hizo reflexionar sobre nuestra incursión en el mundo de la ciencia. Igual tuvimos que retirar las materias, nuestro primer retiro, con lo cual podíamos disfrutar sin remordimiento de las promociones de cerveza nacional, así como el lanzamiento de la “stout”, y ni hablar de aquellos sancochos hechos con las gallinas que, envalentonados, escogíamos y hacíamos pasar a mejor vida nosotros mismos.

Bastante navegamos aquellos primeros días en la Barca Uno. Cada viaje, seguirá presente en cada uno de los que comenzamos esa aventura que compartimos en la Universidad.

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