Sexo y la Universidad


“Si ‘sex and the city’ es un producto tan famoso, no puede ser tan malo escribir sobre el sexo y la universidad”, pienso mientras finalmente decido escribir sobre el tema…
No espere el atrevido lector encontrar una transcripción de lo que se que sucede en la universidad, donde por lo general se descubre, a veces de buena y a veces no tanto, el mundo del sexo. No. Por el contrario, trato de escribir sobre las implicaciones que tiene la educación, el hogar, los padres y los amigos en ese tema tan íntimamente unido a los días de la universidad.

Mi mamá era particularmente estricta con el tema del sexo. A partir del momento en que me fui a estudiar en la universidad, se generó una sinceridad de lenguaje que llenaba los momentos y espacios mas inesperados, con lo cual lograba que no bajara la guardia nunca.
Eran otros tiempos muy distintos a los de ahora. Un embarazo significaba, en el caso de las mujeres, la vergüenza familiar y la muerte social para ellas; y en el caso de los hombres, el abandono del sueño de estudio, debiendo dedicarse a asumir su responsabilidad, realizando cualquier tarea que requiriese un coeficiente intelectual igual al que usó al dejarse llevar por su miembro masculino. En pocas palabras, era preferible una gonorrea que un embarazo. Nada más característico de aquellos días que la canción de Franco deVita “somos tres”, que significaba la frontera en que la mujer embarazada decidía enfrentar la tragedia sola ante la seguridad de rechazo del padre de la criatura por el sacrificio que debería hacer, a pesar de lo cual, inspirado por el amor, decidía asumir su responsabilidad a pesar de las oscuras circunstancias que envolvieran ese futuro incierto para los tres. Uno escuchaba en silencio aquella canción, y en mi caso recordaba simultáneamente la lista de acciones que ejecutaría mi mama al saber que su hijo había cometido tamaña contrariedad.

Gracias a la juventud y al ímpetu de sentirse libre, a pesar de las conocidas consecuencias (todos teníamos casos cercanos de embarazos no deseados), no había manera de escapar al destino. Insisto, eran otros tiempos, y en Mérida habían pocas y por lo general muy conocidas y concurridas farmacias. Esto significaba que comprar unos preservativos era, de por si, una aventura, que pensándolo en perspectiva, como que era a propósito para bajarle a uno las ganas…
Primero, solo habían 2 marcas. Luego, uno entraba en la farmacia, por lo general llena de personas muy mayores (a los 17 años cualquier persona de 20 en adelante es vieja), por lo que uno esperaba que se desocupara un poco el local. Los preservativos seguramente los guardaban en una caja fuerte donde nadie los viera. Y de paso, en ese preciso instante siempre tocaba que lo atendiera a uno la persona mas anciana que había en la farmacia. Así, entre la sordera de la señora, uno hablando bajito para que el grupo de jugadoras de canasta que justo entraba en ese momento no escuchara lo que se requería, y de paso el casi infarto que le daba a la señora al entender lo que se le estaba pidiendo, por lo cual tumbaba la ristra de bolsitas de manies que siempre estaba detrás del mostrador mientras buscaba ayuda, pues uno quedaba descubierto, siendo objeto de miradas que sólo merece un depravado sexual. Finalmente llegaba un joven, que voz en cuello preguntaba “quien es el que busca condones”, con lo cual quedaba uno al descubierto al voltear todas las cabezas como si se tratara de la familia de Linda Blair, todas bajo la influencia del maligno. Finalmente salia uno con su bolsita marrón con el tan necesario elemento.

Parte de las fantasías de aquellos días era ser parte de un encuentro sexual no planificado. Para ello, y con miras a no arruinar la oportunidad al tener que negarse para evitar el terrible embarazo fortuito, uno cargaba un preservativo en la cartera. Nada mas inútil que eso. Inútil, por una parte, porque al menos a mi jamas se me presentó la oportunidad. Claro, nunca fui de los mas agraciados, de manera que quizás eso les sucedía a los miembros del grupo elite de los deportistas y/o músicos. Por otra parte inútil porque en caso de darse el fantasioso momento, aquel preservativo sometido a calor y peso por quien sabe cuanto tiempo, con toda seguridad no iba a cumplir su cometido. Los mas organizados reemplazábamos la preciada carga regularmente, con la esperanza de estar preparados para aquel ansiado momento en que se cumpliera la fantasía.

Uno comenzaba a manejar información que resultaba importante saber, y que por cosas de género y el machismo de la época, pues era casi tabú. Se sabia que las mujeres tenían la menstruación cada 28 días. Así, los mejores días para tener sexo sin preocuparse por el uso del condón eran los 5 días antes de la llegada de la “regla”, y los 5 posteriores. Y quienes querían estar mas a salvo, esperaban para tragarse el semáforo “en rojo” con lo cual se tenia plena y absoluta seguridad de que nada podía ocurrir. También se aprendía que habían unos días que jamás, nunca, bajo ninguna circunstancia, se debía ni siquiera ver a la pareja. 14 días luego de irse la menstruación, venia el período de ovulación, y nuevamente, 5 días antes y 5 días después de esa fecha, no se podía ni sacar a la novia a un baño público, pues se tenia la información de que en esos momentos, si usaba un baño donde algún ocioso hubiese tenido sexo autoinflingido, podría quedar embarazada y no habría manera de demostrar que no era de uno. No existía el ADN, ni google, ni twitter… Total, que a 28 días había que restarle 5 de la menstruación, un día de ovulación, 10 días alrededor de la fecha, y se tenían 12 días disponibles para sexo “seguro”, pero considerando que había que buscar el momento, ya que no se tenia ni carro ni plata para un motel, y restando los días que había que estudiar, etc, pues realmente el condón era una exquisitez que terminaba no siendo necesario. Para aquellos dias no existian las ” app” de ahora, y resultaba incomodo comenzar las relaciones intentando obtener los detalles de la fecha de la ultima regla, para meter los datos en el sistema que se había hecho en la calculadora programable y así llenar el almanaque que siempre acompañaba aquel triste condón en la cartera. Pero, aquellos minutos en que finalmente se podía estar con la pareja, por lo general lo agarraban a uno desprevenido, sin condón y en plena ovulación, en lo cual se caía en cuenta, obviamente, cuando toda la teoría había pasado a ser historia.
Venía entonces aquel encuentro en el cafetín, aquella situación donde definitivamente se separaban los hombres de los niños. Aquel “tenemos que hablar”, que había hecho que perdiera la explicación de las integrales dobles, pensando en el grave problema en que se estaba y en como iba a explicárselo a mi mama, llegaba al momento cumbre cuando sentados en las sillas plásticas se escuchaba el temible “no me ha llegado”. Uno de mas bolsa buscaba asegurarse preguntando “estas segura?”, y una cabeza gacha, con una lágrima recorriendo la mejilla, asentía a la pregunta realizada. Todas las alarmas se disparaban. No había ni un toque, ni una caricia, y solo un “vamos a salir de esto”, mientras la mente realmente gritaba “la cagasteeeee, debiste ir a comprar los condones”. Cada minuto era una eternidad. Me imaginaba a mi mamá preparándome la maleta, mientras me gritaba “te dije que ningún hijo mio iba a joderse la vida por una barriga. Recoge tus cosas que te vas a Alemania”. Porque mi mamá siempre me dijo eso, y vaya usted a saber la razón, el plan siempre fue que me iba huyendo a Alemania. Aquellas visitas, originalmente para estudiar, y luego motivos de ansias, ya que quería llegar para el encuentro, dependiendo de lo que dijera el almanaquito, que podía terminar siendo EL día, ahora eran una carga gigante. En el camino, compraba dos latas de malta, y llevaba en una bolsita toda arrugada unas ramitas de romero que alguien había comprado a una señora en el mercado periférico. “Para hacer bajar la regla, una malta caliente con romero”. No había mucho intercambio de palabras. Se preparaba el brebaje, y se esperaba a que se lo tomara. Luego, algo de televisión, y mas nada. En mi caso, afortunadamente siempre fue efectivo el remedio, pero para quienes no les funcionaba, el siguiente paso eran las pastillas abortivas que vendían en las heroínas. Era una operación difícil. Debía ser a media noche. “Dale una hoy y si no bota nada otra mañana” decía el proveedor. A algunos les funcionaba, a otros no. Y el siguiente paso, entrar en la red de clínicas piratas que hacían abortos. No me tocó, afortunadamente, ese paso, pero hubo conocidos que se vieron en situaciones muy dificiles, ya que la suerte era la que realmente decidía al respecto, y hubo incluso las que murieron buscando solucionar el tan complicado trance.

Luego de la llegada de la regla, todo era felicidad. Escuchaba la canción de Franco deVita y suspiraba pensando “estuve cerca!”. Ocultaba, hasta hoy que lo escribo, aquellos difíciles momentos, pasando los interrogatorios de mi mama que, al final de un almuerzo familiar, siempre buscaba lanzar su anzuelo con un ” Fernando, y tu que te la pasas tirando!?”. Pasado el susto, era fácil responder en forma convincente “mamá por favor!”.

Hoy en día pienso en qué estuviese haciendo, si viviera desde los 90s en Alemania. Suerte o no, en el camino descubrí que era muy poco probable que embarazara a alguien. Las cosas de la vida, tanto sufrimiento para comprar condones, tanta malta y romero que hice que bebieran, y al final no era necesario tanto alboroto. Veo a mis amigos criar sus nietos, producto del error de calculo de sus hijos adolescentes, y felices todos. Cuando voy a farmatodo o locatel y veo un estante completo de preservativos, de distintos colores, texturas, tamaños, sabores, caigo en cuenta en cómo han cambiado las cosas. En algunos casos, me río cuando visito a algún amigo, y entra su hijo o hija con su pareja, saludan, y suben al cuarto. Me es inevitable preguntar ” y los dejas estar solos encerrados?”, y me responden “si vale, si ellos se encierran y se quedan ahí hasta el otro día”. Cómo recuerdo a mi mamá y sus advertencias, de llegar a amenazar de poner ollas en los pasillos de la casa para evitar que me pasara al cuarto de la novia que había llevado de visita. Definitivamente es otro tiempo. Escucho nuevamente “somos tres” y me vienen a la mente tantos recuerdos. Y pienso en mi hija, que en menos de lo que canta un gallo estará en la universidad. La universidad, donde definitivamente muchas cosas han cambiado, menos el proceso de descubrir las bondades y consecuencias del libre albedrío. Espacio para crecer, espacio para madurar, espacio para aprender a sobrevivir.

Asi como la noche y la luna, siempre estarán unidos el sexo y la universidad.

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