Un buen día en la oficina


Mi papá siempre llegaba de buen humor a la casa después de estar todo el día en su trabajo. En uno de esos días de trabajo que son tan complicados que uno quisiera olvidar, cuando iba camino a mi casa me pregunté si había sido, a pesar de las circunstancias, un buen día. Como parte de la meditación que realizaba, hice una lista de las cosas que regularmente componen una de mis jornadas: reuniones (presenciales y virtuales), llamadas, visitas a clientes, correos… cientos de correos, y entre todo ese mar de acciones las actividades por las cuales ocupas tu cargo: pensar, analizar, decidir. Independientemente del método que se utilice, termina uno convirtiéndose en un coleccionista de tareas pendientes, que por lo general esperan el momento en el cual, finalmente, serán tomadas en cuenta y, si son muy afortunadas, ejecutadas.

Acostumbrados por la dinámica que vivimos, la inmediatez priva, sin que necesariamente signifique eficiencia. El correo electrónico se ha convertido en la vía principal para tratar todo tema, creando la ilusión de que al utilizarlo no sólo se asegura la ejecución de la acción, sino que se traslada la responsabilidad en un 100% a la pobre víctima a quien va dirigido, quien para sortear su situación requiere asegurar un buzón vacío. Entonces, un día bueno sería aquel en el cual se atienden todos los correos, se participa en reuniones efectivas, y se completan todas las tareas pendientes, pero en todo esto hay algo que se escapa, que es el valor que aporta cada persona a lo que hace.

Para mi, el poder determinar si un día fué bueno depende más del nivel de satisfacción con el que uno queda al final de la jornada. Todo depende de la actitud que se tenga, la manera como se enfrenten los retos, de manera de alcanzar esa sensación que sólo da el haber hecho todo lo posible por cumplir con sus responsabilidades de acuerdo a sus valores.

Llegando a mi casa, siento la satisfacción por ese excelente día que tuve. Quedaron correos por leer, llamadas por hacer, tareas por completar, pero sé que hice todo lo posible (y más!) para cumplir con mis responsabilidades, de manera que recuerdo cómo silbaba mi papá cuando llegaba, y me llena esa misma tranquilidad que me transmitía. Lo mejor del día me espera al otro lado de la puerta…

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