Muerte en el Páramo (o casi casi)

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Páramo de la Culata – Mérida, Venezuela. Foto por F. Castellano

Me llevaría mucho tiempo, papel y tinta, explicar las razones por la cuales terminamos viviendo en Barinas. Lo cierto del caso es que luego de haber vivido en Mérida y Trujillo, por los lazos que nos unían con esas ciudades, las visitábamos a menudo. Otro cuento largo es el de las camionetas Wagoneer en mi casa, que por alguna razón eran de la preferencia de mis padres, y las que tuvimos compartían que eran muy buenas en zonas bajas y calientes, pero cuando debían viajar para la zona alta, como lo es Mérida, su rendimiento se reducía prácticamente a cero. Nunca supe si era la falta de oxígeno, o simplemente el alma que tenían, lo cierto del caso es que cuando viajábamos de Barinas a Mérida, pasábamos un viacrucis por lo lento que cubrían la distancia especialmente en la subida e independientemente de que tanto se encajara el pié sobre el acelerador.  Fué en uno de esos viajes que hicimos mi mamá, mi hermano y yo, cuando sucedió lo que voy a contar a continuación.

La subida a Santo Domingo

Como era costumbre cuando mi papá no estaba, yo manejaba aquella máquina que se había convertido en una pesada carga a medida que entrábamos a la vía del páramo entre Barinas y Mérida. Luego de pasar la alcabala de Santo Domingo, la carga se hacía más pesada en aquelas difíciles subidas, pero en algunos tramos, especialmente las rectas, la camioneta tomaba un poco más de vuelo e iba más rápido. En una de las más largas rectas antes de llegar al pueblo, donde ibamos extrañamente rápido, se veía un viejo Jeep estacionado y ocupando el canal de subida por el que íbamos. Llevaba yo la pierna encalambrada por mantener el acelerador hasta el fondo, de manera de no perder el impulso y la velocidad ganados, y mientras me acercaba al jeep, miraba el canal de bajada preparándome para sobrepasarlo aprovechando el impulso que llevábamos, ya que tan solo quitar el peso de mi pié del acelerador iba a significar perder los 40 o 50 km/h que llevábamos. Tenía vista franca al canal de bajada, en el cual no se divisaba ni un solo carro en un largo tramo, por lo cual decido cambiarme de canal y pasar entre el jeep estacionado y la única casa que se divisaba en toda la recta. Coloco la luz de cruce aún cuando no había nadie ni atrás ni adelante, y justo cuando estoy pasando el jeep, sale una persona de la casa corriendo hacia el jeep. En lo que lo ví, sentí como si el tiempo pasaba muy pero muy lento. Me dió tiempo para ver su cara de impresión y susto, pero mientras yo soltaba el acelerador y con ambos pies pisaba el pedal del freno, la camioneta lo golpeó por completo. Pude ver como se elevaa en el aire y daba vueltas como si fuera un muñeco de trapo, y hasta fuí testigo del vuelo de uno de sus zapatos que se le salía de su pié.

La muerte se hace presente

Una vez que la camioneta se detuvo por completo, el tiempo regresó a su ritmo normal. Mi mamá gritaba “LO MATASTE!!! LO MATASTE!!!“; mi hermano sólo mostraba sus ojos inmensamente abiertos, y yo, muy asustado, trataba de descifrar qué carajo iba a hacer. Le grité a mi mamá que se calmara, y me bajé a ver qué había sucedido. Como por obra de Dios a la camioneta no le había sucedido nada, pero como a 3 metros adelante estaba tirado, boca abajo, el atropellado. Me acerqué a verlo, y observé que de abajo del cuerpo inerte slía un líquido amarillento. Mi mamá, quien también se había bajado, ahora gritaba que se le había reventado algo, e insistía en que lo había matado.

Del jeep salió un campesino que con toda calma nos decía “váyanse, ese es un pobre borracho“. Resultaba que la casa de donde había salido la víctima era una licorería. Una vez que estuve más cerca del cuerpo, vi como comenzaba a moverse. Se volteó y para mi alivio pude comprobar que aquel líquido que salía de abajo del cuerpo no era otra cosa más que el contenido de la botella que acababa de comprar. Ya para ese momento había gente en ambos canales de la vía iendo testigos del hecho. El del jeep seguía insistiendo en que nos fuéramos, que ese era un borracho y que nadie iba a decir nada por él. Mi mamá en algún momento me dijo que nos fuéramos, y muy en su estilo, que ella se encargaría de arreglar las cosas. Yo en medio de aquella confusión pues ampoco sabía qué hacer, pero al final supe que no podía dejar aquella alma tirada en medio de la carretera, como si de un perro se tratara.

El Rescate

Me acerqué y verifiqué que estuviera bien (al menos por fuera), y pude ver que estaba más confundido que yo. Le dije a mi mamá que debíamos llevarlo a un hospital, que se encontraba por la misma vía pero un poco más adelante. Ella me puso una cara de sorpresa y de que no estaba nada de acuerdo, mientras la persona del jeep insistía en que nos fuéramos, y otra persona me ayudaba a levantarlo y montarlo en la camioneta. Nos fuimos rumbo al hospital, con un silencio inmenso entre los cuatro ocupantes de la camioneta que, como era de esperarse iba a su lentitud característica. Mi hermano agarraba al occiso, quien aún y a pesar del susto por el golpe, seguía sumido en su borrachera.

Al llegar al hospital ya nos esperaba la policía, quienes nos ayudaron a bajarlo para que lo recibiera el personal del hospital. Mi mamá se fué con el y regresó unos minutos después diciendome que debíamos ir a comprar benadón e inyectadoras. El benadón era para hacer que se le pasara la borrachera, ya que lo habían revisado y aparte de los raspones y algunos golpes superficiales, no tenía nada más. Al regresar al hospital con lo requerido, ya había llegado el hombre del jeep, quien no era otro que el compañero de borrachera del atropellado y quien lo esperaba mientras compraba otra botella.

Mientras esperábamos que se le pasara la borrachera, se nos acercó un policía para hacer algunas preguntas acerca del hecho, a las cuales obviamente respondimos con la verdad. El policía nos comentó que lo mejor que habíamos hecho era no haber huido ni mentir, ya que testigos los habían llamado y dado todos los detalles, por lo cual se había activado un operativo para detenernos. Unos minutos después el médico se nos acercó para avisar que ya la persona estaba en condiciones normales (con respecto a su borrachera), y cuando entramos al sitio donde lo tenían, le estaba diciendo a la policía que la culpa había sido suya, y pedía que nos dejaran ir. Su “compadre”, el del jeep, le insistía que estaba muy mal, como para hacerlo entrar en razón y que pudiera hacer que nos detuvieran, pero la persona insistía en que ya estaba bien, y pedía que nos dejaran ir. El del jeep siguió con la insistencia, hasta que la persona dijo en forma tajante que el estaba bien, que había sido su culpa, que nos dejaran ir, y hasta rechazó un dinero que le ofreció mi mamá para que al menos repusiera los zapatos (que solo le quedaba uno). Uno de los policías nos indicó que fuéramos a la comisaría para hablar del caso.

El cierre del caso

Al llegar a la estación de policía, mi mamá se fué a hablar, y nos quedamos mi hermano y yo esperando sin siquiera mirarnos. Unos minutos después regresó mi mamá y nos dijo que nos íbamos. Ya en la camioneta, mientras rugía dolorosamente el motor en las subidas que conformaban el resto del camino hacia nuestro destino, mi mamá nos contó que la situación era que yo debía quedar detenido junto con el vehículo hasta tanto se viera que la víctima estuviera bien, y que había un riesgo de que inclusive muriera como consecuencia de los golpes recibidos. Pero al mi mamá presentarse como abogada, se había suavizado un poco la situación, y el policía le pidió que dejara un teléfono donde contactarla en caso de que la persona falleciera o hubiese alguna otra situación relacionada con el accidente, y nos dejó ir.

Nunca supimos nada más sobre la persona ni sobre el caso. Un par de días después regresamos a Barinas por la misma vía, y como íbamos de bajada, pues pasamos muy rápido, aunque con mucho cuidado.

La experiencia de este caso es que el hecho de tomar la decisión correcta, de hacer lo que los sentidos me indicaban, fué un factor fundamental para no enfrentar una situación peor. En muchas oportunidades nos vemos enfrentado a situaciones extremas, pero si se hace lo que se siente es lo correcto, en la mayoría de las oportunidades se podrá salir airosos de las mismas.

Fernando Castellano Azócar

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